"El romance de Genji", la primera novela del mundo escrita hace más de mil años (y el misterio sobre su autora)

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- Autor, Dalia Ventura
- Título del autor, BBC News Mundo
- Tiempo de lectura: 9 min
¿Recuerdas esos cuentos que empezaban diciendo: "Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino lejano..."? Pues este es uno de ellos, sólo que no es un cuento.
Sucedió hace unos mil años y ese lugar lejano era Japón, remoto incluso para sus vecinos pues, en el año 894, se aisló del resto del mundo.
En ese entonces, las culturas de todo el mundo intercambiaban bienes y difundían nuevas ideas y creencias. Japón lo había hecho durante los dos siglos anteriores, especialmente con China, pero ese año optó por interrumpir todo contacto con el mundo exterior.
La isla se retrajo en sí misma durante varios siglos, y desarrolló su propia cultura.
Dentro de esa burbuja había otra burbuja: la corte de Kioto del período Heian (794 a 1185), donde cada aspecto de la vida se fue refinando sin cesar en pos de un placer cada vez más sofisticado.
"Una característica distintiva de la cultura japonesa medieval es su extrema estetización, que convertía la belleza en una especie de culto, abarcando todo en la vida cotidiana, no solo objetos como espejos, palillos o lo que fuera, sino la vida misma", le dijo a la BBC el novelista y experto en cultura japonesa, Ian Buruma.
Como cualquier sociedad aristocrática, la corte de Kioto estaba altamente ritualizada, "pero posiblemente la aristocracia del período Heian fue más allá que cualquier otra cultura, anterior o posterior".
"La gente se comunicaba escribiendo poesía y organizaban concursos de oler incienso; eran expertos en todo tipo de actividad estética, incluyendo las relaciones entre hombres y mujeres".
Y esas mujeres desempeñaron un papel cultural clave.
Aunque el idioma chino clásico siguió siendo en gran parte patrimonio de los hombres, sirviendo como lengua del gobierno, las mujeres de la corte fueron pioneras en el uso de un sistema silábico para escribir japonés, conocido como hiragana o, en su época, 'onnade', que significa 'mano de mujer'.
Al escribir en el lenguaje vernáculo y cotidiano, las mujeres podían expresarse muy elocuentemente, y así produjeron diarios literarios y obras que cautivarían a generaciones posteriores de japoneses.

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Gracias a ellas, conocemos exquisitos detalles de la vida en ese mundo hermético de la corte de Heian.
Y una de esas cortesanas escribió una obra maestra: Genji Monogatari (que suele traducirse como "El romance de Genji"), que data de principios del siglo XI y relata las hazañas de un príncipe llamado Hikaru Genji o Genji el Resplandeciente.
«Desde que Genji era niño, su extraordinaria belleza asombraba a todos los que lo veían.
»Se temía que, al crecer hasta la edad adulta, esa belleza se vería afectada. Al contrario. Estaba más guapo que nunca.
»Si te hablara de sus maravillosos encantos y logros, probablemente pensarías que soy inusualmente prejuiciosa a su favor.
»Sin embargo, a todos les parecía que no había arte ni pasatiempo en el que no mostrara la misma maravillosa destreza.»
La dama que creó al príncipe
El nombre real de la autora de "El romance de Genji" se desconoce pues, en esa corte japonesa de hace mil años, no se consideraba de buena educación dirigirse a las personas por su nombre, y el de las hijas no era habitualmente registrado.
Por ello, pasó a la historia con el apelativo Murasaki Shikibu.
Se sabe, sin embargo, que nació alrededor del año 973 en la capital imperial, Kioto, en una familia culta y aristocrática pero de rama menor.
Por ser niña, no recibió una educación formal, más bien la escuchó de lejos.
Su hermano estudiaba para una carrera al servicio de la corte imperial, lo que significaba sumergirse en clásicos chinos de historia y literatura, junto a textos budistas y obras japonesas.
Un método de estudio popular era leer en voz alta, y su curiosa e inteligente hermana escuchó con atención, cuenta en el programa radial The Essay de la BBC el historiador cultural Christopher Harding.
Murasaki contó que cuando su padre se dio cuenta de cuánto conocimiento había absorbido, lamentó que no fuera hombre.

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Aunque aprendió mucho más de lo que solía ser normal para una mujer, Murasaki quizá nunca habría empezado a escribir de no ser por la pronta muerte de su marido cuando ella aún no tenía ni 30 años.
Más tarde recordaría que la invadió el miedo de que su vida a partir de entonces sería poco más que soledad y aburrimiento.
"Existía día a día apáticamente, fijándome en las flores, en los pájaros, en el canto, en cómo cambian los cielos de estación en estación, en la Luna, en la escarcha y la nieve, haciendo poco más que registrar el paso del tiempo", escribiría en su diario.
"La idea de mi soledad continua era insoportable".
Fue por esa época que comenzó a escribir sobre la vida y los amores del apuesto, cortés, generoso y sofisticado Genji, algo que seguiría haciendo durante una década.
Se cree que cuando le pasó los primeros capítulos a amigos para que los comentaran, y estos circularon en la corte, llamaron la atención de la alta sociedad.
Cualesquiera que fueran las circunstancias exactas, en 1005 o 1006, Murasaki fue llamada al servicio como dama de compañía de la joven emperatriz Fujiwara no Shōshi o Akiko (nombre imperial).
El llamado le permitió dar rienda suelta a su talento al situarla en una posición privilegiada para observar la intimidad de la vida imperial y aristocrática, convirtiéndola en una comentarista de valor incalculable.
En esa sociedad bendecida con un nivel casi imposible de sofisticación, en su poesía, pasatiempos, vestimenta y comportamiento general, Murasaki era una de esas cronistas capaces de exprimir hasta el último delicioso detalle de los defectos personales y los traspiés sociales de quienes la habitaban.
Leer sus relatos sobre la vida en la corte imperial, "es asombrarse por su sofisticación" y, al mismo tiempo, sentirse cómodo allí, "gracias a la humanidad que se refleja", comenta Harding, autor de "The Japanese: A History in Twenty Lives" ('Los japoneses: una historia en veinte vidas').
Sobre ella misma, hacia el final de su diario, Murasaki escribió:
«Cada uno de nosotros es muy distinto. Algunos son seguros de sí mismos, abiertos y francos. Otros nacen pesimistas, incapaces de hallar diversión en nada.
»Yo vacilo incluso ante aquellas cosas que debería poder hacer con plena libertad, tan solo por sentir sobre mí la mirada inquisitiva de los sirvientes.
»Y cuánto más en la corte, donde tantas cosas desearía decir y, sin embargo, nadie podría comprenderlas.
»De modo que todo lo que los demás alcanzan a ver de mí no es más que una fachada.»
El príncipe de la dama

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"El romance de Genji" empieza relatando una historia profundamente triste.
"En cierto reinado había una dama de rango no muy elevado a la que el Emperador amaba más que a ninguna otra.
"Las grandes damas más encumbradas, que siempre se habían considerado con derecho exclusivo al alto lugar que ocupaban, la veían como una advenediza presuntuosa, y las de menor rango le guardaban un resentimiento aún mayor".
A pesar del amor del emperador, la carga del rencor de las otras mujeres a disposición del regente, quienes la acosan sin tregua, la enferma hasta morir, no sin antes dar a luz al resplandeciente Genji.
Lo que sigue es una trama en la que el héroe busca el amor y la felicidad, goza de popularidad en la corte y de una serie de encuentros amorosos, detenta poder, lo pierde y lo recupera, y sorprendentemente muere antes de que termine la saga.
La obra es episódica, a la manera de las novelas publicadas en forma de folletín, abarca casi 100 años, involucra a más de 400 personajes y se compone de 54 libros o episodios.
Escrita hace más de mil años y con una extensión de más de mil páginas, es uno de esos clásicos que muchos conocen pero no tantos han leído.
Sin embargo, eso no quiere decir que no haya y siga estando presente en Japón.
Aunque Murasaki sabía chino, el idioma de los eruditos, como solía ser el latín en Europa, ella escribió en japonés, y en prosa, que en esa época era denigrada: la ficción no era un género admirado.
No obstante, la monumental obra es magistral y, entretejidos en el texto, hay 795 waka -poemas de 31 sílabas- escritos por personajes para enviárselos a otros personajes, así que era difícil pasarla por alto.

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Pocas décadas después de escrita ya era considerada como un clásico en Japón.
En Occidente, su autora será reverenciada como Homero y William Shakespeare.
Las publicaciones académicas antiguas y modernas sobre Genji no dejan de aparecer, así como traducciones al japonés moderno.
Su popularidad ha inspirado pinturas, películas, obras de teatro, danza, musicales y óperas, y ha sido base de novelas modernas y hasta comics manga.
Un largo viaje
Genji tardó mil años en llegar a Occidente, pero pocos días en encantar: la pionera traducción del británico Arthur Waley, publicada en 1925, cautivó inmediatamente a la novelista Virginia Woolf, como expresó en un ensayo publicado ese mismo año en la revista Vogue.
Le maravilló el contraste de lo que se solía escribir en la misma época en Inglaterra y las exquisitas frases de Murasaki:
«Ha llegado el verano; / ¡canta fuerte, cuco!" (poema medieval inglés);
»Entre las hojas se alzaban flores blancas, con pétalos a medio abrir, como los labios de quienes sonríen ante sus propios pensamientos» (Genji).
Y hay mucho más que deleita a Woolf, cuya pluma destila admiración por la magistral obra japonesa.
No obstante, declara que Murasaki no está "al nivel de Tolstói, Cervantes ni de los demás grandes narradores del mundo occidental".
Para Woolf, "se ha eliminado cierto elemento de horror, de terror, de sordidez", de manera que "lo tosco resulta imposible y lo grosero, impensable", y eso le resta vigor y riqueza.
Quién sabe si su opinión habría sido la misma tras leer toda la obra: cuando escribió el ensayo sólo había terminado el primero de los seis volúmenes de la traducción de Waley.
En ellos, "se escondía una trama de venganza digna de Balzac", apuntó el destacado ensayista Louis Menand en la revista The New Yorker.
Con el tiempo, otros que sí la leyeron completa se fueron dando cuenta de que se les estaba desorganizando el mundo, literalmente.
Por mucho tiempo se consideró que la historia de la novela como género empezaba en el siglo XVIII, cuando había llegado para reflejar la modernidad.
La novela narraba la vida cotidiana en lenguaje cotidiano, y en su corazón estaba la psicología individual y la interacción social.
Genji, a pesar de haber sido escrita en una sociedad feudal, religiosa y rígidamente estratificada, cumplía con esos y otros atributos.
Aunque su escenario era una corte imperial, narraba la vida cotidiana en la lengua vernácula.
Sus temas eran los de la tradición novelística: matrimonio y traición, venganza y la frenética pero elaboradamente enmascarada competencia por el estatus.
"Como cualquier novela del siglo XIX, también es un análisis de una estructura social. Es un libro que Jane Austen o Henry James podrían haber escrito", señala el experto.
Así, esa obra maestra japonesa se convirtió en una universal, y es generalmente considerada como la primera novela de la historia, así como la primera novela psicológica del mundo.

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