Cómo es el Jardín de los Venenos, que alberga más de 100 plantas tóxicas (incluida la más venenosa del mundo)

Detalle de la puerta de hierro del jardín, con una calavera y la advertencia: "Estas plantas pueden matar".
Pie de foto, "Estas plantas pueden matar", la advertencia en la puerta del Jardín de los Venenos.
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"Estas plantas pueden matar", reza el letrero en la verja de hierro negro y, para enfatizar, lleva una calavera con huesos cruzados.

La advertencia no es una broma: el terreno cercado tras estas rejas es el jardín más letal del mundo. Y está abierto al público.

Está en el extremo noreste de Inglaterra, en los terrenos del castillo de Alnwick, la residencia ancestral de los duques de Northumberland.

Si lo ves, quizás te resulte familiar: el castillo se convirtió en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería en las dos primeras películas de Harry Potter, algo casualmente pertinente, pues este jardín es un eco de las parcelas en las que, siglos atrás, crecían plantas utilizadas por médicos, herbolarios o religiosos que a menudo eran vistos como magos, hechiceros... o malvadas brujas.

Esa ambigüedad no es sólo histórica o cultural, sino que está en la propia naturaleza de estas plantas. Una de las cosas que aprendes en el Jardín de los Venenos es que, a veces, la línea que separa la muerte y la cura es tenue.

Entre las más de 100 especies de plantas tóxicas, intoxicantes y narcóticas que alberga, por ejemplo, está la que el Libro Guinness de los Récords considera la planta más venenosa del mundo: Ricinus communis.

Originaria de África, pero muy naturalizada en la América tropical y subtropical, produce la toxina ricina, que es extremadamente peligrosa.

Sin embargo, sus semillas han sido utilizadas desde la antigüedad para la obtención de aceite de ricino, una sustancia que, una vez procesada adecuadamente, no contiene ricina.

Este aceite se ha empleado tradicionalmente como laxante y también en usos industriales y cosméticos, desde lubricantes hasta componentes de algunos productos de cuidado de la piel y el cabello.

Pero, por peligrosa que sea, la planta del ricino, por sí sola, apenas puede provocar una leve irritación al contacto, a diferencia de otros habitantes de este particular jardín, capaces de causar daño incluso con sólo tocarlos… o, en ciertos casos, inhalarlos.

Flores y semillas de ricino bajo la suave luz del sol sobre un fondo multicolor en verano.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Del Ricinus communis se extrae una toxina tan potente que basta una cantidad microscópica para matar a una persona.

"Antes de entrar, los visitantes deben recibir una charla informativa sobre seguridad", le explicó a la BBC Dean Smith, guía del jardín.

Les advierten que no deben tocar, probar ni oler nada.

Lo que sí pueden hacer es escuchar, y sorprenderse.

En tu jardín

Algo que llama la atención, sobre todo a los jardineros aficionados, es que muchas de las plantas que crecen en el jardín son muy comunes.

"Muchas de las que hay aquí crecen de forma silvestre, y la mayoría son sorprendentemente fáciles de cultivar", cuenta Smith.

Una de ellas es Nerium oleander, nativa de la cuenca del mar Mediterráneo y el Sáhara, pero ampliamente difundida en Latinoamérica, donde tiene muchos nombres, como adelfa, baladre, laurel de flor, rosa laurel, trinitaria y laurel romano.

Un vibrante árbol en flor contra una pared de color rojo fuego.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Una vibrante adelfa en flor adornando el Monasterio de Santa Catalina de Siena, Arequipa, Perú.
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Es una de esas plantas bellas pero venenosas, pues contiene glucósidos cardíacos que interfieren con la función del corazón, provocando desde náuseas y vómitos hasta arritmias potencialmente mortales.

Por suerte, su sabor es tan amargo que los casos de intoxicación son relativamente infrecuentes.

Aun así, contiene los ingredientes ideales para inspirar, como lo ha hecho en más de una ocasión, la ficción criminal: no sólo es una planta ornamental común, sino que su toxicidad es bien conocida.

En ese terreno ambiguo entre lo cotidiano y lo letal, la adelfa encaja con facilidad en los relatos como veneno doméstico de muerte silenciosa: una víctima que parece haber fallecido por causas naturales, hasta que la autopsia y la toxicología revelan lo contrario.

Pero, de vuelta a la realidad, no hay que olvidar que toda la planta es tóxica, y que su peligrosidad no desaparece al secarse: incluso el humo de su madera puede resultar nocivo.

Otro ejemplo de arbustos populares y tóxicos son los rododendros, género que incluye a las azaleas.

Muchos arbustos de azaleas en un bosque.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Las azaleas pueden ir conquistando terrenos.

Si crecen suficiente cerca unos de otros, envenenarán el suelo, impidiendo que crezcan otras plantas que no sean rododendros, explicó Smith.

Sus hojas contienen grayanotoxina, que ataca el sistema nervioso: "aunque es poco probable que te las comas, porque tienen un sabor asqueroso", agregó.

No obstante, la potente neurotoxina también está en las flores.

Si las abejas recolectan néctar exclusivamente de rododendros, la miel adquiere un color oscuro y rojizo.

Conocida como "la miel loca", puede provocar efectos dramáticos al ser ingerida, como registró el guerrero y escritor griego Jenofonte en el año 401 a.C. en su Anábasis:

"Los soldados que comieron la miel perdieron la razón, sufrieron vómitos y diarrea, y ninguno podía mantenerse en pie; los que habían comido poco parecían extremadamente borrachos, y los que habían comido mucho parecían locos o incluso moribundos.

"Quedaron tendidos en gran número como si el ejército hubiera sido derrotado... pero al día siguiente nadie había muerto".

Tuvieron suerte. En dosis altas, puede ser fatal.

Dos años más tarde, en ese mismo mundo de la Antigua Grecia, otra sustancia venenosa quedaría fijada como pocas en la memoria cultural.

Los clásicos

Escena en celda mostrando a Sócrates, la copa en el suelo, y sus acompañantes.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, La muerte de Sócrates hizo de la cicuta uno de los venenos más célebres de la historia. (obra del artista Jacques Philippe Joseph de Saint-Quentin).

En el año 399 a.C., Sócrates, aquel a quien el oráculo de Delfos había descrito como "el más sabio de los griegos", fue condenado a muerte por "no reconocer a los dioses en que cree la ciudad" y corromper a la juventud en Atenas.

Platón, en el diálogo "Fedón", detalló los últimos momentos de su maestro tras beber una copa con cicuta que le dio el verdugo, indicándole que caminara "hasta que sientas que se debilitan tus piernas, y entonces te acuestas en tu cama".

Eso hizo, y cuando ya estaba acostado, el verdugo "le apretó con fuerza un pie, y le preguntó si lo sentía, y Sócrates respondió que no. Le estrechó en seguida las piernas y, llevando sus manos más arriba, nos hizo ver que el cuerpo se helaba y se endurecía, y tocándole él mismo, nos dijo que en el momento que el frío llegase al corazón, Sócrates dejaría de existir".

"Ya el bajo vientre estaba helado, y entonces descubriéndose, porque estaba cubierto, dijo, y estas fueron sus últimas palabras: 'Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda'".

El mortífero veneno era una preparación hecha a partir de la planta Conium maculatum.

Toda ella, sobre todo las raíces y semillas, suele tener concentraciones especialmente altas de alcaloides tóxicos, como la coniína, una neurotoxina que provoca una parálisis muscular progresiva en una secuencia que coincide notablemente con la descrita por Platón.

Flores blancas pequeñas agrupadas.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, La cicuta es una planta relativamente común, que crece fácilmente y no llama mucho la atención.

La cicuta no sólo está en el Jardín de los Venenos, sino en muchísimas partes del mundo, incluida buena parte de Latinoamérica, en abundancia.

Lo que la hace aún más peligrosa es su inofensivo aspecto: una hierba con pequeñas flores blancas aparentemente inocentes que además puede confundirse con plantas comestibles de la misma familia, como el perejil, la zanahoria silvestre o el hinojo.

A pesar de no tener nada de exótica, la cicuta es quizás la más célebre entre las plantas "clásicas" que dejaron huella además de por su toxicidad, también por su papel en la historia, la medicina y la cultura.

Pero hay otras especies legendarias que aparecen en mitos, crímenes históricos, literatura o medicina antigua.

Flores son grandes y atractivas de la planta, de color azul o violeta.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Algunos relatos griegos dicen que Hécate, diosa de la magia y el inframundo, fue la primera en cultivar Aconitum napellus.

Aconitum napellus (acónito o matalobos), por ejemplo, está ligado en la mitología griega al inframundo: según algunas versiones del mito de Heracles y Cerbero, la planta brota de la saliva del perro infernal.

Conocida como "la planta de los asesinos" en la Europa medieval, se usaba para envenenar flechas y puntas de armas.

Contiene aconitina, uno de los alcaloides vegetales más tóxicos conocidos, capaz de provocar arritmias fatales incluso en dosis muy pequeñas.

Si el acónito pertenece al mundo de las armas y los asesinos, la belladona parece salida de otro imaginario: el de las brujas, los ungüentos y los hechizos susurrados a media noche.

Flor morada y frutos redondos negros.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Belladonna creció desde el Renacimiento en jardines botánicos medicinales, donde se estudiaban plantas de alta toxicidad controlada.

Atropa belladonna carga siglos de superstición europea.

En la Edad Media se la asociaba con la brujería y las pócimas alucinógenas, mientras que durante el Renacimiento algunas mujeres utilizaban extractos de la planta para dilatar sus pupilas y hacer la mirada más seductora, origen probable de su nombre: "bella donna", mujer bella.

Pero detrás de esa estética casi romántica está una de las plantas más peligrosas de Europa.

Contiene atropina y escopolamina, sustancias capaces de provocar delirios, alucinaciones, taquicardia y, en dosis altas, la muerte.

Y, como ocurre con varias plantas del Jardín de los Venenos, aquello que puede matar también puede curar: de la belladona se obtiene la atropina, utilizada todavía hoy en oftalmología, anestesia y emergencias cardíacas.

Entre la vida y la muerte

La lista de plantas venenosas que curan es larga.

De hecho, algunas de las más letales del jardín son también fuente de grandes remedios, como Taxus baccata o tejo, utilizado en el tratamiento del cáncer de mama.

Catharanthus roseus o vinca, una planta ornamental muy común en jardines y parques, también tiene un doble filo.

Sus componentes pueden ser potencialmente mortales, pues interfieren con procesos fundamentales de la división celular; pero, en manos de la química y la medicina, esa misma toxicidad se transforma: aislados y refinados, algunos de sus alcaloides se han convertido en herramientas esenciales contra el cáncer.

Y Digitalis purpurea, popularmente dedalera o digital, es una flor preciosa de jardín que hace más que alegrar el corazón.

Contiene sustancias que, en la dosis correcta, regulan sus latidos; en la equivocada, los detienen.

Flores de distintas intensidades de rosa y blancas.

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Dedaleras y amapolas: ambas hermosas, problemáticas, pero también fuentes de algunos de los compuestos más importantes de la farmacología moderna.

De la dedalera se aisló la digitalina, uno de los primeros compuestos eficaces utilizados para tratar ciertas afecciones cardíacas, y aún hoy sus derivados siguen presentes en la farmacología cardiovascular moderna.

Nada de esto, sin embargo, reduce su peligrosidad. Tanto las plantas que curan como las que no lo hacen siguen siendo tóxicas, algo que en el Jardín de los Venenos tienen muy presente.

Como le dijo a la BBC el jardinero jefe, Robert Ternent, el personal toma diversas medidas de seguridad.

"En algunos parterres no hace falta tomar ninguna precaución, mientras que, por ejemplo, en el parterre de perejil gigante invasor, hay que llevar un traje de protección completo, mascarilla y guantes".

Algunas plantas requieren medidas extremas.

Dendrocnide moroides, conocido como gympie-gympie, está en una vitrina de cristal y tiene su propio cuidador porque incluso un leve roce con ella puede causar un dolor extremo.

Jardinera del lugar, vestida con traje protector, guantes y máscara, metiendo la planta en la vitrina.

Fuente de la imagen, The Alnwick Garden

Pie de foto, Ver y no tocar: un solo contacto con un gympie-gympie puede dejar a su víctima con un dolor extremo durante semanas.

"Tiene unos pelitos, así que si la rozas y hay algún contacto con la piel, los pelos de la planta se te clavan la piel e inyectan veneno, provocando lo que se ha descrito como una sensación de que te están electrocutando y quemando con fuego al mismo tiempo".

Un simple contacto puede dejar a sus víctimas sufriendo durante semanas o meses.

Es uno de los mecanismos de defensa del mundo vegetal, que incluyen hasta despedir gases como el cianuro cuando los animales las mastican o los jardineros las podan (Prunus laurocerasus, conocido como laurel cerezo o laurel inglés).

El Jardín de los Venenos también forma parte de un programa de educación sobre drogas.

Cultiva lo que Smith describió como "el ABC de las drogas": amapolas de opio (una droga de Clase A), cannabis (una droga de Clase B) y catha edulis, comúnmente conocida como "khat" (una droga de Clase C).

Así, detrás de esas macabras rejas, a la sombra de un histórico castillo, florece un jardín lleno de historias que, no por ser el más letal del mundo, deja de ser hermoso.

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